| Artículo publicado en Portada y páginas interiores del suplemento de ABC "Los Domingos de ABC", el 11 de agosto de 2002. Autora: Virginia Ródenas (25-5-1965). Redactora de ABC desde 1984. Casada y madre de dos hijos El reportaje consta de: -Texto principal: "Ataúdes blancos, memoria negra" -Apoyo 1: Entrevista a la psicóloga Sara Bosch: "¿Y qué hago con las cosas de la niña?" -Apoyo 2: Testimonio de María Jesús González e Irene Villa: "No quería preguntar por la niña porque no quería oír que había muerto" Ataúdes blancos, memoria negra La banda ETA lograba el domingo pasado un nuevo triunfo en su particular medallero del horror: Después de una década sin matar a un niño, tras asesinar en 1991 al pequeño Fabio Moreno, de dos años, ejecutaba a Silvia Martín Santiago, seis años, que jugaba a bailar tras los muros de la casa cuartel de Santa Pola. Dicen los que perdieron así a sus niños que no hay dolor más intenso porque sabes que tu negra pena regocija a los verdugos y a sus secuaces. El que sigue es el testimonio de estos padres. Virginia Ródenas "Me encanta ver las caras desencajadas de los familiares en los funerales. Aquí, en la cárcel, sus lloros son nuestras sonrisas. Acabaremos a carcajada limpia". (Ignacio de Juana Chaos, condenado a más de 2.000 años de cárcel, de los que cumplirá un máximo de treinta, por su participación en más de veinticinco asesinatos). Aserejé ja de je... 4 de agosto. Última hora de la tarde, entre la siesta interminable del estío, baños en ese Mediterráneo abandonado por las olas y juegos infantiles. Helados en las terrazas de La Jijonenca. No vuelven a esas horas, como otros días, los pesqueros por la bocana del puerto porque es domingo. Sagrado domingo. Aserejé ja de jé... Estas Ketchup vaya si se se han metido en el bolsillo a toda la chiquillería. ... de jebe tu dejebere... Bummm. La muerte está aquí. Los asesinos han llegado. Han irrumpido brutales en la casa cuartel de Santa Pola y a la niña Silvia Martín Santiago, que se moría de risa bailando el ritmo más chulo del verano, la han hecho añicos sus seis años de vida. A Cecilio Gallego, de 57 años, le revientan en la parada del autobus. Caos, desquiciamiento, terror. ¡Once años que los etarras no mataban a un niño! Otro infante a la vitrina de los macabros triunfos de las bestias etarras. Veintinueve criaturas si añadimos a la lista sangrienta tres nonatos de entre ocho y tres meses de gestación que no salieron jamás de los vientres de sus madres. Extenso y terrorífico medallero. Extenso y hondo dolor. Entre tanta pena, Toñi y José, padres de Silvia, han hecho saber a los criminales, "a esos miserables, que los odiamos con todas nuestras fuerzas, que les guardaremos rencor el resto de nuestras vidas y que sepan que jamás conseguirán sus pretensiones. Escribimos esta carta -dirigida al diario "Información" de Alicante- llorando desconsoladamente y con la foto de nuestra hija Silvia a nuestro lado por la barbarie cometida por esos asesinos que han segado, sin motivo ni justificación, la vida de una niña de seis años. Silvia era una niña alegre y divertida y mientras lloramos la muerte de nuestra pequeña esos mal nacidos siguen paseándose impunemente por nuestras calles. Deseamos con todas nuestras fuerzas que esos asesinos, cuanto menos, se pudran en la cárcel". Pero el ex guardia civil Antonio Moreno, padre de Fabio Moreno, que hasta el domingo era el último niño asesinado por la ETA, de sobra sabe que eso no va a ser así. Ha sido la suya, como la del resto de las víctimas, una historia de sufrimiento y abandono, desde que el 7 de noviembre de 1991 una bomba colocada en su coche acabara con la vida de su niño de dos años y le hiriera a él y al mellizo de Fabio, Alexander, cuando llevaba a sus hijos a la piscina. Los Domingos de ABC habló con él desde su retiro alicantino, estremecido por el terror de las bombas de esta semana. El sentimiento de un guardia "Lo peor que te puede pasar -me dice al comenzar la conversación- es que no se acuerden ni de su nombre. Llegas a hacerte un caparazón de cristal, a meterte dentro de una burbuja y procuras evitar ese tema, porque como sigas dándole vueltas terminas volviéndote loco, aunque siempre hay algo que te lo va a recordar, en mi caso a cada segundo, porque hay un mellizo de mi hijo que murió. No puedes olvidar nunca, nunca. Es algo que siempre lo tienes ahí, que unas veces te afecta más o menos. Ves cualquier atentado y te duele y sabes de otro, como el del domingo de la pequeña Silvia, y te pones en el caso de esos padres porque tú ya has sentido ese dolor. Vuelves a revivirlo y a estar en el mismo momento de hace casi once años". Cuando le pregunto a Antonio si se siente culpable por haber sido guardia civil e ir dirigida a él la bomba que acabó con Fabio, responde que "ese sentimiento lo tienes más al principio, pero con el tiempo te vas dando cuenta que tú no tienes la culpa. A veces tienen que pasar muchísimos años, tienes que llevar mucho tratamiento psicológico para hacerte comprender que no eres el culpable y que hay unas alimañas que son las culpables. A veces te sigue quedando ahí ese rescoldo, algo que no acabas de tener muy claro". Meses antes del asesinato, un mando de Antonio Moreno le informó, como al resto de sus compañeros, que debía de cumplir el Decálogo SIAT, de autoprotección, variando horarios de entradas y salidas y modificando itinerarios. Cuando el guardia sugirió a su superior de qué servía todo eso si de ninguna manera podía dejar de entrar por la única puerta de su domicilio y que puede que le estuvieran esperando en el portal para pegarle dos tiros, su jefe le respondió: "Por cinco duros tiene la póliza para solicitar la baja en el Cuerpo". Luego quiero saber qué mecanismo se pone en marcha dentro del corazón de un hombre para frenar ese impulso, elemental para tantos, de revolverse y cumplir el ojo por ojo con la misma ferocidad que los criminales. ¿Por qué no ha habido más víctimas, salvo Ynestrillas, capaces de algo así? "Es un sentimiento de alguien que no ha pasado por esta situación. Los que sí hemos pasado por ella sabemos que en ese momento es más la frustración, la impotencia, lo mal que te sientes, que otra cosa. Además, aunque parezca una tontería, lo primero que te hacen tus mandos militares es quitarte las armas. No te preguntan ni cómo estás, ni cómo te has quedado, ni si has reventado... Lo primero, quitarte las armas por si acaso. Luego, como andas totalmente perdido porque ves que todo se ha hundido, que no hay derecho a esto, entonces no piensas en hacer nada. Después, cuando te das un poco de cuenta y quisieras hacerlo comprendes que eso sería ponerte a la altura de las alimañas y tu no eres un asesino como ellos. Pero también le digo que nunca es tarde para hacer las cosas y que la venganza es un plato que se sirve frío. Puedes hacer una salvajada y, total, te iban a dar por loco". "Cuando te empiezas a dar cuenta de que has sido víctima de un acto terrorista es después, cuando ves que eres un estorbo para casi todo el mundo. Los primeros días, cuando los políticos se sacan la fotito, que es muy bonita, te hacen sentir en algunos instantes hasta bien porque te hacen creer que vas a tener su apoyo, lo mismo que el de los mandos militares, de esa gente que tienes alrededor, de todos esos que te pasan la mano por el lomo. Pero cuando pasan quince, veinte días, un mes, apagados los efectos mediáticos, eres un estorbo. Entonces, si quieres hablar con esa gente que te estaba dando tantos ánimos poco menos que te remiten a "hable usted con la señora de la limpieza", eres la última escoria que no sirves para nada. No eres ni héroe ni villano, eres como una mancha, y todos quieren taparte. Es así y eso lo pensamos muchísimas víctimas: somos una asquerosidad para los mandamases. Somos la pesadilla que recuerda los errores de los políticos". "Hace años -relata Antonio Moreno- enterraban a las víctimas en el País Vasco, y a mí por desgracia me ha tocado enterrar a muchos compañeros, poco menos que a escondidas; te sentías mal, te preguntabas qué estoy defendiendo, dónde estoy y veías que como alzaras un poquito la voz los mandos te llamaban la atención y no te pasaban un pelo, y te preguntabas, pero qué es esto, que este señor que está en la caja es mi amigo, un compañero. Pues nada, nada. Todo era taparlo, quitar de en medio a la familia y cuando ves que te pasa a tí y cómo intentan quitarte de en medio, que no hables, que no digas... Cuando dices lo que piensas, como fue mi caso porque a mi ex mujer no podían obligarla a callar, te empiezan a mirar mal". Fue cuando la madre del niño muerto, Arantxa Asla, gritó que "a ver si se mueren todos. Ni perdonamos ni olvidamos. Son unos mal nacidos". Recuerda Moreno que a renglón seguido "nos reprocharon que estaba muy feo que la mujer de un guardia civil dijese que no perdonaba, aunque fuese un hijo el que estaba muerto. Y estas son cosas que siempre van a estar ahí". Doble victimización: primero la embestida brutal, luego el calvario burocrático y judicial camino del olvido. "Casi, casi lo que menos te duele es el bombazo. Te hace sentir cada vez peor que haya un detenido, escuchar que le han caído cuarenta años, respirar, y alguien te dice "no, no oiga, le caen cuarenta pero de esos cumple veinte y por buena conducta se quedan en diez y dentro de cinco años está en la calle". ¡Se te queda una cara de imbécil! Este hijo de mala madre está en la calle y a mi hijo no lo voy a ver nunca más". "Otra cosa que te sienta como un tiro es cuando oyes que el Gobierno vasco, que las diputaciones y los ayuntamientos ponen autocares y pagan viajes para que las gentes vayan a ver a sus presos. Pues a mí todavía nadie me ha pagado un puñetero duro para ir a ver la tumba de mi hijo". Después del crimen, al guardia civil Antonio Moreno, natural de Granada, que estaba destinado en la intervención de armas de Bilbao y que hacía horas extraordinarias en el grupo de antidisturbios a ochenta pesetas los sesenta minutos, aparte descuentos, "casi me obligaron a marcharme de allí, porque estaba muy mal visto que la muerte de un hijo de un simple guardia civil planteara tantos problemas. Fue la primera vez que la gente espontáneamente salió a decir que aquello no estaba bien y eso estuvo muy mal visto. Modo de no dar la tabarra: quitarme de en medio y después de dar tumbos por ahí recalé en Alicante, donde hoy sigo". "Le voy a decir una cosa -me confiesa-: Mis amigos siguen siendo en su mayoría vascos y yo sigo subiendo casi todos los meses; no tengo ningún miedo, si algún día me tiene que pasar algo que sea lo que Dios quiera, pero a lo que yo no voy a renunciar jamás es a mis amigos, a la buena gente con la que yo he estado allí y de hecho mis hijos siguen viviendo ahí con su madre que es vasca. Mis amigos vascos se sienten muy orgullosos de tener un amigo que fue guardia civil. No puedo hablar mal de todos los vascos. El gran error que seguimos cometiendo fuera es creernos que allí es muy fácil echarse a la calle a clamar contra las alimañas y para hablar hay que vivir allí, hay que saber el miedo que se puede llegar a gastar en el norte. La gente allí no conoce la libertad". La Iglesia y los muertos Después hablamos de la religión, de la fe a la que tantas víctimas se han aferrado tratando de que la palabra de Dios lamiera sus heridas. "Y muchos han visto que eso también es mentira. Qué desengaño esa pastoral de los obispos vascos, esa actitud de la Iglesia. Han hundido a los que se aferraron a ese clavo. Pero no sólo la pastoral, sino que ves cómo se está comportando toda la Iglesia: Si la Conferencia Episcopal hubiera cortado cabezas al menos habríamos visto un poquito de respeto por nuestros muertos". "Pero te acostumbras a saber -añade el padre huérfano de Fabio Moreno- que eres un cero a la izquierda. La gente que dio cobijo a los asesinos de mi hijo vivían en Erandio y estuvieron en la cárcel poco menos de un año y cuando salieron el Ayuntamiento les dio un puesto de trabajo, que es el mayor recochineo, y encima me los encontraba tomando vinos en el bar. Tan ricamente. Qué impotencia. ¿Y qué hago? ¿Me pongo a su altura y los meto dos tiros allí mismo?". Quieren para nosotros el olvido A Álvaro Cabrerizo los asesinos de la ETA le mataron a su mujer, María del Carmen Mármol, y a sus hijas Susana y Sonia, de 15 y 13 años, cuando se encontraban en el interior de su coche, un Seat Panda rojo, arrasado por los explosivos que los etarras colocaron en el centro comercial Hipercor de Barcelona, el 18 de junio de 1987. Durante horas, este hombre buscó por los hospitales el paradero de su familia, pero "donde encontraba algo, lo encontraba muerto. No sé como no me volví loco... Lo perdí todo. Me quedé vacío. Me dejaron sin nada. Perdido..." La idea de no haber estado allí, la sospecha mínima de haber podido hacer algo, la desazón de no haberlas aliviado consumía sus días. Porque ¿cómo compensar de aquel final a su mujer y a sus niñas? Fue por pura casualidad que un día pudiera hablar con el vecino anónimo de Barcelona que corrió a socorrer a las víctimas de la masacre, entre ellas a una señora y a dos niñas atrapadas en un coche rojo, y que haciendo lo posible para frenar lo irremediable sacó los cuerpos. Fue su consuelo mínimo: alguien se ocupó de ellas. Álvaro Cabrerizo, que escuchó en el jucio contra Domingo Troitiño, uno de los ejecutores de las 21 víctimas mortales de Hipercor, "estamos en guerra contra el Estado español y en todas las guerras hay objetivos civiles", escapó de tanta ignominia camino del Atlántico hasta la costa andaluza, buscando en los antípodas de Barcelona un puente que le permitiera cruzar al otro lado de la línea del dolor. Ha adoptado a una niña colombiana, ha encontrado de nuevo el amor y cuando el recuerdo le corta la respiración se echa al monte. Confiesa sentirse una víctima olvidada, "como todas. No somos más que la historia viva de una desvergüenza, la imagen viva de una villanía, una canallada que grita justicia y no la encuentra. Somos lo que nadie quiere que existiera y por eso molestamos, incomodamos. Quieren para nosotros el olvido, pero ninguno de nosotros estamos dispuestos a olvidar. Ni a perdonar. Es lo menos que podemos hacer por todos los muertos". Jamás nos ha llamado nadie del Ayuntamiento A Emilia Lara los nacionalistas etarras le asesinaron a su hija Vanesa Ruiz, de nueve años, el 29 de mayo de 1991 después de que lanzaran un coche bomba al interior de la casa cuartel de la Guardia Civil de Vic. Esta madre, que como en otras ocasiones había dejado que su niña fuera a jugar al patio de la casa militar con las amiguitas hijas de los guardias, escuchó por boca de Juan José Zubieta Zubeldía, uno de los tres autores del atentado, y como respuesta a la pregunta del abogado acusador José María Fusté de "si no vio a los niños jugar segundos antes de lanzar el vehículo explosivo", que "ése es un hecho que no valoramos porque no es nuestro problema que los guardias civiles utilicen a los niños como escudos humanos". No hay palabras. "Me destrozaron la vida. ¿Qué significa que te destrocen la vida? Lo hemos dicho tanto que parece que no es nada. ¿Hay mayor dolor que perder a un hijo? ¿Puede haber algo más terrible que te arrebaten de esa manera tan brutal a tu hija de nueve años? Jamás nos ha llamado nadie del Ayuntamiento, nadie se ha interesado por nosotros, si seguimos vivos o hemos reventado. Diez años después no ha habido el más mínimo reconocimiento a los nueve muertos del atentado de Vic, cinco de ellos niños. Nada. Sólo el olvido. Y después de que te asesinan a un hijo ¿puede haber algo más doloroso que le entierren en el olvido? Ana Chincoa, que no tenía más de dos años, perdió a su madre y a su padre en el atentado. ¿Quién se acuerda de ella?" Zubieta Zubeldía, exterminador de niños, fue condenado a penas que suman más de 1.300 años de cárcel pero no le deben quedar entre rejas más de tres. El lunes, al día siguiente de que los criminales nacionalistas aplastaran a la niña Silvia Martín, el sanguinario Artola Santiesteban, condenado a un siglo de cárcel por terminar con la vida, entre otros, del niño de catorce años Alfredo Aguirre Belascoaín, en Pamplona, el 30 de mayo de 1985, cruzaba libre la cancela del penal. Roberto Manrique, delegado de la Asociación de Víctimas del Terrorismo en Cataluña, víctima de la bomba de Hipercor, me dice con una sonrisa helada que desde hace más de cinco años "negocian" con el Ayuntamiento de Vic la colocación de una placa en recuerdo a aquellos muertos, heridos y huérfanos de la casa cuartel. "Pero nos negamos a que en la placa se escriba como pretende el Consistorio "a las víctimas inocentes del terrorismo" porque ¿acaso hay víctimas culpables? Eso es una infamia que no vamos a consentir". El dolor de unos padres huérfanos Al matrimonio de Nuria Manzanares y Enrique Vicente la ETA les mató a los dos hijos, Silvia y Jordi, de nueve y trece años, que habían acudido con su tía Mercedes, aquel fatídico 19 de junio de 1987, a hacer unas compras al centro Hipercor de Barcelona. Nuri es la dulzura hecha mujer y estos días anda de médicos con el tormento a cuestas de aquel tumor que se cebó en el cerebro de su esposo al poco tiempo del crimen, dicen los médicos que a causa de la pena. "Yo a mis hijos los llevo siempre en el pensamiento, pero atentados como el del domingo te hacen que lo revivas con más fuerza. Pensar en esos padres y volver a vivir lo que nosotros pasamos en esos momentos... Es una barbaridad injustificable que te destroza la vida porque los hijos es lo que más quiere uno. Jamás te recuperas de una cosa así. Cuando yo hablo con otras víctimas para todas es igual: no te recuperas en la vida. Tienes que seguir adelante pero con esa pena. Nosotros, por suerte, tuvimos luego un hijo que tiene ahora catorce años y entonces por él seguimos tirando para adelante, pero recuperarte no, porque tienes la vida destrozada. Las secuelas te salen, que si no te encuentras bien, no duermes, mi marido estuvo operado al poquito tiempo de un tumor cerebral que el médico dijo que podía ser por el disgusto, de todo lo que pasó. Una pérdida de unos hijos, y los que son padres lo sabrán, es una herida enorme que no se cierra nunca. Nunca". Cómo entonces se puede consolar a una madre. "Consolar... No sé. En los primeros momentos explica Nuria Manzanares- está la familia, los amigos... Nadie se puede poner en nuestro lugar. No hay consuelo. Aliviar... Nada puede aliviarte. Tal vez la esperanza en aquellos momentos de que eso hubiera servido para que no hubiera más desgracias como la nuestra. Luego ves que pasan los días y las semanas y vuelven a pasar. La única compensación es que esto se acabara". "Otra cosa que llevamos las víctimas con grandísima tristeza es el abandono y el olvido -y Nuria muestra con toda crudeza el talón de Aquiles de los damnificados-. En quince años que ha hecho ahora, ninguna autoridad, administración tanto del Estado como catalanas o municipales o del Gobierno vasco, nadie nunca jamás se ha interesado por nosotros. Los políticos sí vinieron, en los primeros momentos, para hacerse la foto, con los ataúdes, en el funeral, pero luego nada. Sin la Asociación de Víctimas del Terrorismo no sé que hubiera sido de nosotros, porque ella se ocupó de nosotros, de ofrecernos la ayuda de un psicólogo que jamás nos dio ni la Seguridad Social". "Para que se haga una idea le voy a contar que en aquel momento, cuando nos los mataron y mi marido después de deambular por los hospitales fue al Clínico y los encontró muertos, llegó la hora de irlos a enterrar y resulta que al nene, el Jordi, que hacía quince días que había hecho la comunión, aún no lo habíamos metido en la póliza de seguro por defunción. Era viernes por la noche, los teníamos que enterrar al día siguiente y no nos lo enterraban porque no estaba apuntado. Suerte de los familiares y amigos que en aquel momento nos pagaron el entierro, porque ni eso. Nadie se preocupó de ayudarnos. Nadie de la Administración vino a facilitarnos nada, ni siquiera a preguntarnos qué tal estábamos o al cabo del tiempo si necesitábamos algo. Ya digo, abandonados completamente". "Pensamos que los asesinos de nuestros hijos tendrían que estar en la cárcel todavía, pero no lo podemos saber seguro porque no te puedes enterar ni te dan ninguna información ni nada. Creemos que con la ley antigua ya habrían cumplido los años y no sería raro que estuviera fuera alguno de ellos". "Por dentro a lo mejor piensas en matarlos pero reflexionas que eso te pondría a la misma altura que ellos y eso no es lo que tu quieres. Nos reprochan a las víctimas que somos rencorosas y según algunos, nosotros somos los malos; pero nunca habrá oído nadie que una víctima haya ido a algún sitio y haya disparado contra ellos, sabiendo como sabemos las direcciones de muchos de ellos y le aseguro que tendríamos posibilidades, pero nosotros no somos como ellos. No vale la pena. Nos conformamos con que el peso de la ley caiga sobre estos criminales y que no les reduzcan las condenas de manera que con penas de cuarenta años a los diez estén en la calle". A estas alturas, Nuria y Enrique sólo esperan "que la justicia y los que mandan se ocupen más de las víctimas, que no hagan tanto el papelón y miren tanto por los verdugos, y que se cumpla la ley y que ilegalicen a Batasuna, y que todo eso se haga bien, y nada más. Porque nosotros no pedimos sangre, no somos iguales, no somos unos asesinos". Simplemente víctimas abandonadas. Una infamia escrita sobre el granito de las lápidas. La desmemoria negra, sin más, de veintinueve ataúdes blancos. Y el olvido de unos padres huérfanos. Apoyo 1. "¿Y qué hago con las cosas de la niña?" Sara Bosch, psicóloga de víctimas del terrorismo, relata su calvario. Virginia Ródenas "Respetar y entender el dolor. Respetar el silencio. No se puede ir "a consolar". Hay que buscar el momento, dar tiempo. Estamos ante una situación en la que la capacidad de razonar está totalmente enturbiada. Hay una visión en túnel. Ante un atentado, el psicólogo no puede poner en marcha un tratamiento porque antes hay que cubrir las primeras necesidades, estar atento al siguiente paso, dar pautas a los familiares, responder a las primeras preguntas. Porque esa madre que ha perdido a la hija pregunta al poco "¿y qué hago con las cosas de la niña?". Y tiene que haber una contestación". Sara Bosch, psicóloga de la Asociación de Víctimas del Terrorismo y una de las máximas expertas españolas en tratamiento a damnificados por catástrofes, es ducha en lidiar con la pena y ayudar a salir lo más íntegro posible de los duelos a los que nos condenan los criminales de la ETA. Hoy ha puesto sus ojos en la madre de Silvia Martín, hija única, asesinada mientras jugaba. "Hay que trabajar muchísimo, sobre todo a su alrededor, para que los padres -explica la prestigiosa especialista- puedan evolucionar en el dolor". "Ellos saben que no son culpables de lo que les ha ocurrido a su hija pero quieren sentirse así. Si me matan a un hijo debo sentir más dolor aún, diez veces más. Sientes que le debes al hijo perdido ese dolor y no sólo te dueles sino que te dañas y además eso lo buscas de manera exagerada. En un primer momento puede que el hombre se erija como culpable y no acierte a ver que el único culpable es ETA. La madre se reconcomerá dándole vueltas a por qué no le dijo antes que apagara la música y saliera a la calle, por qué no salió antes con ella o por qué no se quedó con la niña de paseo y volvió más tarde a la casa. El duelo es un proceso natural por el que todo el mundo va a pasar y lo fundamental es asesorar y evitar consejos contradictorios. ¿Hasta cuándo es normal sentir tanto dolor? Vendrá el primer cumpleaños después del crimen, la vuelta al colegio en septiembre, las primeras Navidades sin ella y llegará el primer aniversario del atentado. Siempre pensarán "ahora ella haría, estaría, sería..." Verán crecer a los hijos de sus amigos, de sus familiares pero ellos seguirán viviendo con la emoción de tener una hija de seis años y no tendrán la experiencia de un hijo que crece, que se hace adulto y que deja de depender de tí: ellos siempre vivirán el sentimiento de una hija pequeña a la que deben proteger, ayudar, salvar... Lo van a pasar muy mal. Van a llorar toda la vida". Sara Bosch habla de los distintos estilos a la hora de afrontar la muerte de un hijo, "como el deseo de hablar o no de ello, y es muy importante que los dos miembros de la pareja sepan respetar la reacción de cada uno. Hay que contribuir a que cada cual pase el duelo a su manera". "Las víctimas de un atentado viven dos emociones muy fuertes. Por un lado, el dolor; por otro, la indignación. Indignación por la injusticia de la muerte de un niño pequeño, indignación con Dios por no haberlo impedido, indignación sangrante con la situación del País Vasco. Sabemos por experiencia que al principio estos padres estarán arropados por un gran soporte social y político; pero dale una semana y después todo eso habrá desaparecido. Las víctimas tienen derechos y obligaciones y antes de lo que nos imaginamos están metidas en una espiral burocrática en donde toda esa ayuda social y moral que recibieron en los primeros momentos desaparece precisamente cuando más lo necesitan. No conozco a una sola víctima que no haya tenido un problema". "De esta manera -describe la psicóloga- al dolor de la pérdida se va a unir la pena del abandono, de la soledad y de la incomprensión. Es una segunda victimización en la que van a recibir más daño aún. Luego, el siguiente atentado borrará el suyo". Emprenderán una lucha denodada contra el olvido. "Porque nunca más van a volver a ver a esa niña de seis años y quieren mantener viva su memoria. Sentirse bien para ellos será sentirse culpables porque ellos creerán que eso es traicionar el nombre de su hija. Lucharán porque su hija sea algo más que el número X, para que sea la última muerte pero vendrán más". "Al final -apunta la experiencia de Bosh- se adaptarán a la vida que les ha tocado vivir. No hay más remedio. Nunca más sus vidas volverán a ser como antes: les han matado a su niña de seis años, todas las ilusiones que tenían en ella, en su vida de familia con una hija. Tus perspectivas de futuro se confunden. Has perdido tu papel y en esos momentos te conviertes en una persona terriblemente influenciable. Psicológicamente el objetivo es que recuperen la continuidad de su vida, que vuelvan a tener planes". En este calvario, asegura Sara Bosch que "por dignidad moral, el único resarcimiento está en que los culpables cumplan íntegramente las penas y que cambie radicalmente la forma que tienen la administración política y judicial de dirigirse a las víctimas. Muchas de ellas tienen miedo, no les han sido comunicadas siquiera las sentencias, no saben cuándo los culpables abandonarán la cárcel. Nuestro sistema ignora a la víctima". "Me fastidia la palabra víctima -corta la psicóloga- porque estos hombres y mujeres, estos niños, son héroes que desde su sufrimiento nunca han dejado de enseñarme cosas fabulosas, importantes con mayúsculas. Y me fastidia que los olviden y los nieguen y que quieran casi deshacerse de ellos. Me resulta insufrible que la Administración no admita como víctimas a los que han sido testigos de un atentado y han padecido un estado de terror cuyas heridas sangran como los que "han estado allí". Y ¿qué es estar allí? Tras el atentado de Santa Pola pensé en esas cuatrocientas personas que fueron testigos del horror, que se vieron afectadas de alguna manera y desde los primeros instantes ya eran cuatrocientos olvidados de los que jamás sabremos sus nombres". Apoyo 2. María Jesús González e Irene Villa, supervivientes "No quería preguntar por mi hija porque no quería oir que había muerto" Virginia Ródenas 17 de octubre de 1991. El terror se apodera de la capital de España desde primeras horas de la mañana. A las ocho es asesinado el teniente Francisco Carballar. Poco después, a Irene Villa, de 13 años, y a su madre María Jesús González, funcionaria de la oficina del DNI de la Comisaría de Los Cármenes, una bomba colocada en su vehículo les produce, a la primera, la amputación de las dos piernas y parte de una mano, y a la segunda le secciona una pierna y un brazo. A las once y media, otro explosivo adosado a su coche le arranca las extremidades inferiores al comandante de infantería Rafael Villalobos. Las asesinos nacionalistas vascos habían cumplido el trabajo de hacer saltar por el aire la sangre y la carne aquel jueves desgraciado de hace once años. El domingo pasado las bestias removían las entrañas de los supervivientes. Hoy Irene mira a sus verdugos con los ojos maduros de sus 23 años; su madre, con la ternura que no consiguieron astillar los ejecutores, piensa con un nudo en la garganta en esa otra madre que jamás tendrá el consuelo, como ella, de volver a ver a su niña. "Esa mujer -me dice María Jesús- ya no tiene consuelo para el resto de su vida. Una madre que pierde a su hija de esta manera tan canalla no puede encontrar alivio. A lo mejor, yo en su lugar cogía el trabuco y me iba a por ellos directamente, porque no sé lo que hubiera hecho si me hubieran matado a Irene. Cuando nos tocó a nosotras, yo no quería preguntar por mi hija. Me decía "como me van a decir que se ha muerto y no quiero que nadie diga eso pues no pregunto". A los tres días del atentado mi padre me dijo "¿es que no vas a preguntar por tu hija?" y me volví hacia él "pero ¿es que mi hija está viva?". "Pues claro". Era maravilloso. Nadie puede imaginar lo que sentí. Todas mi heridas me parecían pocas. Fue como volver a vivir otra vez. Por eso pienso hoy en esa madre y esa madre no tiene consuelo ni lo tendrá jamás en la vida. Ni batallones de psicólogos y psiquiatras podrán calmar su dolor". "Perder una hija es peor que perder tu vida. No vale de nada llamar ni intentar consolar a la madre de Silvia. Yo tengo a mi hija aquí y me parece maravilloso que me hayan llamado, escrito, que se hayan interesado por nosotras, pero porque ella está a mi lado; si yo no tengo a mi niña aquí yo no quiero que nadie me diga nada porque es que entonces no me entienden, no me pueden dar ánimos porque yo no quiero eso ¡quiero a mi niña!". María Jesús habla desde el sueño cumplido de su casa asturiana, entre el olor a manzanas y el veraneo acompañado por sus hijas del alma. "El dolor -me dice- te va anestesiando en el tiempo. El ser humano se acostumbra a todo y te acostumbras a vivir con ese sufrimiento. ¡Qué desazón, Dios mío, pensar que no vas a volver a ver tu hija!". Al lado de María Jesús, Irene, que no la quita ojo. "Cualquier atentado -advierte esta joven de 23 años cuyo cuerpo despedazado, tendido en el asfalto, no se nos ha ido jamás de la cabeza- lo sufrimos con una pena enorme, como toda España, y con el agravante de revivirlo porque lo hemos sufrido en nuestras propias carnes, pero éste ha sido particularmente estremecedor por lo de la niña, porque a mí me ha recordado a mi madre, cuando pensaba que yo había muerto, porque no le decían nada de mí y estábamos en hospitales diferentes y mi madre no se atrevía ni a preguntar... Afortunadamente no nos enteramos de la explosión, no recordamos nada de aquello, aunque mi madre saliera en las imágenes levantándose tendida en la calle. El domingo, cuando nos enteramos del atentado y vimos que había sido una niña pensamos en esa madre. Porque mi madre cuando se enteró de que yo estaba viva, ya le dio igual cómo estuviera yo y cómo había quedado ella: sólo importaba que estábamos vivas" "Nosotras -añade Irene- siempre hemos sido como una bandera de las víctimas del terrorismo pero a la hora de dar ánimos a alguien que le han quitado el padre, como tantas veces sucede en el grupo de jóvenes de la Asociación de Víctimas del Terrorismo al que pertenezco, qué le vas a decir. No sé cómo animarles. Sí lo sé con un discapacitado porque tiene la vida y tiene que mirar para adelante; pero a una niña que le han matado a su madre o a unos padres que le han matado a su hija... Siempre hemos presumido de perdonar, de no tener rencor, pero porque estamos vivas y con odio no se puede vivir". "Creo sinceramente que el terrorismo es el primer problema que tenemos en España, porque antes que el paro o la droga está que no te quiten la vida. Seguro que esa madre ni se imaginaba que le pudiera pasar a ella y, sin embargo, le ha tocado. O a ese hombre que esperaba el autobús. Nosotras también pensábamos que esas cosas sólo ocurrían en la televisión, pero nos tocó. Nadie está a salvo. ¡Son tantos años de atentados y de muerte! Hay que hacer lo que sea para atajarlo, que el Gobierno se deje de tonterías, mano dura y a por ellos. Treinta años de ir por las buenas no han conducido a nada". Junto a María Jesús e Irene, Virginia Villa, la hija y hermana, novia de guardia civil, que al contrario que ellas "ni perdono, ni olvido. Odio con todas mis fuerzas. Te levantas todos los días con la misma historia de siempre. Nada cambia: sigo viendo a muchos vascos pidiendo la independencia, al PNV diciendo que no son iguales que la ETA pero luego están a su lado, y los de Izquierda Unida también. Lo que nos han hecho a nosotros no ha servido para nada. Entonces ¿por qué tú, que eres del PNV o de IU, me dices que lo sientes mucho, te haces una foto con mi familia y luego apoyas a los asesinos y a sus amigos y dices que hay que comprenderles? ¡No! A quien hay que comprender es a las víctimas y lo que hay que hacer es algo para paliar su dolor. No van a devolver la vida a Silvia pero a sus padres les pueden devolver la esperanza si alguien hiciera algo, si hicieran justicia. Las víctimas no queremos llorarle a nadie ni dar pena, sólo queremos ser las últimas". Virginia Ródenas
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